Uno de mis momentos más difíciles como intérprete, fue una pelea entre un ministro del gobierno nacional colombiano y unos académicos muy respetados durante una reunión en uno de los hoteles más lujosos de Bogotá.
Los académicos no querían luchar. La Ministro sí. Esta es la historia.
Un aumento de volumen muy inesperado
Estaba interpretando una reunión muy normal en un hotel público cerca del centro de Bogotá. Era temprano, me había tomado dos cafés y me disponía a trabajar. Había unas 20 personas sentadas alrededor de una larga mesa conversando sobre las políticas públicas colombianas para la primera infancia mientras desayunaban. Uno de esos desayunos de trabajo: yo trabajo como intérprete y los demás desayunan. Los académicos pertenecían a una de las universidades más famosas del mundo y estaban recomendando amablemente a la Ministra de Educación, que era la invitada especial a la reunión, que aumentara la inversión de la nación en la educación de la primera infancia. Los académicos esgrimían un argumento muy sólido: invertir en esta población supondría un crecimiento exponencial para la economía colombiana cuando llegasen a la edad adulta.
A pesar de la lógica de este pensamiento, a la Ministra le disgustó que le dijeran lo que tenía que hacer. Aunque los colombianos son conocidos por ser apasionados, fuertes y no tener miedo al conflicto, esta Ministra realmente lo llevó al siguiente nivel. Tras recibir esta recomendación, se levantó y empezó a gritar a los académicos lo duro que era su trabajo y cómo todo el mundo le pedía un dinero que ella no tenía. Estaba agresiva, furiosa y actuaba como una adolescente enfadada a la que le han confiscado el teléfono.
«¿Por qué nos grita la Ministra?»
Los académicos se giraron y me miraron, como la única persona que podía hablar inglés en la sala, sus ojos asustados me preguntaron, «¿por qué nos grita la Ministra?». Intenté que mis ojos dijeran «esto no es normal y pido disculpas en nombre de la nación de Colombia y de su hermosa gente», pero probablemente sólo dije «estoy tan asustado como ustedes».
Al instante me enfrenté a un dilema. ¿Grito yo también en mi micrófono de intérprete? ¿Traduzco las palabrotas que salpicaban cada frase? ¿Transmito su tono agresivo? Tras pensarlo un momento, decidí mantener mi estilo relajado y mi velocidad habituales, y decidí omitir las palabrotas, aportando la decencia y la profesionalidad con las que la Ministra carecía en el instante.
La diatriba terminó con ella repitiendo la pregunta: «¿Qué $%&^* esperas que haga cuando no tenemos dinero?». Finalmente detuvo el discurso extenso y pesado y se terminó el café. Los académicos se quedaron estupefactos. La Ministra recogió sus cosas inmediatamente y abandonó la sala sin despedirse de nadie.
Un final adecuado para la Ministra gritona
Afortunadamente, tuvimos otras reuniones y eventos durante la semana y nadie más gritó a los académicos visitantes. Cuando el Presidente de Colombia despidió a la Ministra de su cargo unos meses después, respiré aliviado en nombre de los niños y jóvenes de Colombia, y de todos los que trabajaban en el Ministerio de Educación.
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